martes, 6 de diciembre de 2011

Cuentos

Taller de escritura, cuentos. Año 2009 - 2010
Antes de irme a vivir al extranjero, empecé a escribir un diario que me acompañó durante los primeros años en España. Después me di cuenta que podía hacer algo más y desarrollar así mi creatividad. Entonces decidí anotarme en talleres de escritura. Los cuentos de abajo son los últimos y los hice cuando vivía en Hong Kong. Era un taller virtual de Fuentetaja, lugar que conocía porque había participado de otros talleres cuando vivía en Madrid.

Propuesta 1: Un cuento, un cambio.
Buscad entre los recuerdos de infancia, para poner en palabras la historia de algún cambio que se presentara en vuestra vida y os obligara a enfrentaros a sucesos nuevos que sin duda consiguieron transformaros en otro, haceros más maduros, más fuertes o más sabios.
Tengo muy presente la vez que experimenté mi primera desilusión. Ya sabía que a los bebés no los traía la cigüeña de París. La verdad que lo supe mucho antes de aquella charla que tuve con mamá, cuando cumplí 10 años. Todavía me acuerdo de ese vergonzoso momento. 
Entré a su cuarto y me senté en los pies de la cama, al lado de ella. El diálogo comenzó con la simple pregunta: “Gorda ¿Sabés que a los bebés no los encarga la cigüeña?” Mi mirada bastó para que entendiese que no era necesario gastar palabras en discursos sobre la procreación humana. Yo sabía cómo se formaba un bebé.
De la misma manera, ya me había percatado que la barba blanca y la barriga de Papa Noel eran ficticias. Ni hablar de los Reyes Magos y sus sedientos camellos a los que dejábamos vasos con agua y pasto. Todo era pura mentira pero nunca me desilusioné porque era obvio.  
Sin embargo, todavía me acuerdo del día que comprobé que el Ratón Pérez no era quien aparentaba ser. De pronto aquel personaje amistoso y algo avaro que nunca se olvidaba de recoger los dientes cayó en total desgracia.
Aquella noche estaba dispuesta a revelar el misterio que tanta intriga generaba. Estaba acostada en la cama de la habitación que compartía con mis hermanas. Ambas dormían mientras yo hacía vigilia. El diente estaba abajo de la almohada, envuelto en papel higiénico. 
Habré esperado un largo rato que se me hizo eterno y por fin una figura se asomó por la puerta. Con un ojo cerrado y el otro abierto, pude comprobar que ese cuerpo no era pequeño ni tenía cola. Cuando estaba al lado mío, cerré los ojos para no desvelar el misterio ahora puesto en evidencia. 
Los brazos de papá se deslizaron debajo de la almohada donde un sobre con plata fue intercambiado por mi diente de leche. Terminada la transacción permanecí despierta hasta que finalmente los ojos se cansaron. 
Aquel fue un momento especial, un momento donde perdí el diente y algo más. 






Propuesta 2:  tomad el interrogante ¿QUÉ PASARÍA SI...?, y rellenad los puntos suspensivos con diversas posibilidades que se os vayan ocurriendo. Tenéis que tomar
una pregunta y contestarla en forma de relato
Qué pasaría si...
Esa mañana Ernesto no escuchó la alarma de su celular. Media hora más tarde saltó de la cama con un mal presentimiento. Se acercó la muñeca a los ojos y corrió a la ducha. Sólo tendría unos escasos minutos para espabilarse y salir corriendo al aeropuerto. Mientras frotaba el jabón con ímpetu, diagramó el trayecto más rápido para llegar a destino. Lo mejor sería tomar la línea cuatro y hacer dos conexiones. No tenía sentido llamar a un taxi a esas horas del día. Cerró la maleta, buscó su celular en la mesita de luz y despidió a Guadalupe con un beso en la mejilla. Una rápida ojeada a la pantalla de aquel aparato inalámbrico le notificó que no funcionaba. 
Hoy era un día especial para Mario. Caminaba por la diminuta habitación con cierta nerviosidad. Jamás imaginó que esa mañana sería un punto de inflexión en su vida. Minutos mas tarde cerró la puerta del portal y enfiló hacia la Gran Vía. Por momentos hubiera querido cambiar de ruta y tener otros planes, pero necesitaba el dinero con urgencia. Al llegar a la esquina, reconoció la Honda CB 1300 de Sergio, quien ya lo esperaba con su mirada desconfiada. Mario descuartizó la colilla del cigarrillo con el zapato y abrazó a Sergio, forzando sus brazos a hacerlo. 
Esa mañana no fue la más ansiada por Sandra. De todas maneras sabía que, tarde o temprano llegaría. Se retocó las pestañas con rimmel y acentuó el colorete de sus mortuorias mejillas. Antes de abandonar su departamento, se miró al espejo buscando en su reflejo un voto de confianza. Mientras caminaba por la calle proyectaba todos los momentos que había compartido con su amiga. Se preguntaba cómo había permitido que un hombre se interpusiera en su amistad. Guadalupe era la pobre víctima de esta película inconclusa. Sandra sabía que el final estaba en sus manos y seguramente, no sería feliz. Cuando llegó al semáforo, detuvo la marcha y encendió un cigarrillo del paquete.
Guadalupe sonrió y despidió a Ernesto. Luego se enroscó entre las sábanas para disfrutar de los últimos segundos que le quedaban. Abandonó la habitación y encaró hacia la ducha. Mientras se secaba el cabello con la toalla, resonaba en su cabeza la extraña conversación telefónica que mantuvo con Sandra la tarde anterior. Guadalupe había sido oyente habitual de las desgracias amorosas de su amiga. Sin embargo ayer, notó algo más en el hilo frágil de sus voz y los silencios recurrentes del monólogo. De repente miró el reloj y cayó en la cuenta que era tarde así que aligeró el paso.
Cuando llegó al mostrador de Iberia, Ernesto pensó que las puertas del Boeing 777 ya estarían cerradas. Había preparado un discurso lleno de excusas con tal de tomar ese avión. Al final, no tuvo necesidad de emplearlo. El vuelo había sido cancelado con previa anticipación, a causa del mal tiempo. Ernesto recordó que su celular no funcionaba y que por lo tanto podría no haberse enterado. Decidió regresar a su hogar sin apuros. Ahora podría relajarse y reflexionar sobre el siguiente discurso, el de su separación. 
La moto roja y blanca paseaba por la gran avenida sorteando los coches con soltura. El piloto disminuyó la velocidad para que el copiloto hiciera un barrido de los transeúntes. Pronto aparecería el personaje idóneo para el siguiente acto, el atraco. Mario buscó entre el grupo humano hasta que encontró a su presa. Aquella mujer de rasgos discretos y tranco apresurado.
En la Glorieta de Bilbao, Sandra golpeaba la bota contra el asfalto, mientras cruzaba y descruzaba los brazos. La impuntulidad de Guadalupe desalentaba su plan de blanquear el romance con Ernesto. Al girar la cabeza en dirección opuesta a Fuencarral, reconoció la silueta de su compañera que corría hacia ella. La seguía una Honda roja por detrás pero Guadalupe no se percató. La moto aceleró y frenó al lado. Un hombre de estatura media descendió y con violencia tiró del bolso que colgaba de su hombro. Poco a poco, los ciudadanos escucharon los alaridos de la mujer y corrieron para socorrerla. Sandra se encontraba entre ellos. 
Sergio esperaba con impaciencia el botín de Mario. Cuando vio a los primeros civiles acercarse, intuyó una posible derrota y ordenó a su amigo treparse en la moto. Antes de darse a la fuga, el delincuente sacó una navaja de su abrigo y la insertó en la espalda de la víctima. Ahora el cuerpo se encontraba desplomado en la acera. 
Sandra lloraba y pedía disculpas mientras la abrazaba con fuerza para no dejarla ir.  La ambulancia llegó tarde para reanimarla. Igualmente fueron trasladadas al hospital. Dentro del vehículo Sandra marcaba el número del celular de Ernesto.
Una vez en su casa, Ernesto conectó su móvil para cargarlo. Le sorprendió la cantidad de llamadas perdidas que tenía. Todas ellas venían de Sandra. Decidió llamarla para escuchar la impensable desgracia...
Esa mañana Ernesto no escuchó la alarma de su celular. Amaneció minutos antes de que sonara. La apagó y lentamente se dirigió a la ducha, aliviado de saber que todo era un sueño.


Propuesta 3: Os proponemos que intentéis rescatar alguna noticia que excite las ganas de escribir sobre ella. No se trata de recontar una noticia, sino de
escribir un relato a partir de ella.
Querido Jamie,
Espero que esta sea la última carta que te escribo. Mi condición es cada vez más delicada. Hace meses que no salgo del cuarto y la cuidadora pidió un tubo de oxígeno por si la cosa se pone peor. Igual ya sabes que no quiero vivir más.
Todavía mantengo tu cara adolescente, intacta y despreocupada. Qué buenos momentos que pasamos. Siempre fuiste un chico sano. Me acuerdo cuando trabajabas en la planta de cartón. Salías de la escuela derechito a la fábrica en tu moto.  
Y pensar que una tarde tranquila de Agosto, la peor condena caería sobre tus espaldas. 1974 es el año más negro de mi vida. Y los 35 años que le sucedieron, podría llamarlos como Angustiosa Espera Gris
Esta mañana tu hermana vino a visitarme. Ya me contó que estos abogados de la organización Innocence Project van a apelar. Según ella, hicieron unas pruebas de NDA, o algo parecido y al final el resultado demuestra que eres inocente. Yo no entiendo mucho, pero creo que la ciencia está de nuestro lado. Por fin voy a poder morir en paz.
En cuanto a tu futuro, no te preocupes que ya hice algunos arreglos. El Honda Civic y la casa están a tu nombre. No quiero que sufras cuando abandones esa horrible jaula. 
Ay hijo mío, si supieras todo el dolor con el que cargué. Y siempre me obligaba a seguir adelante, porque sabía que tu condena era peor. Pero los primeros años fueron durísimos. 
Todavía veo las caras de rechazo y miedo que lucían todos los vecinos de la cuadra. Con esos ojos huidizos nos aislaron del mundo. Sólo nos apoyamos entre tu papá y tu hermana que gracias a Dios, abandonó Lake Wales. Qué mal lo pasó la pobre, y nunca se dio por vencida. Siempre creyó en ti. 
Hace bastante tiempo pasé por enfrente de la casa de los padres del chico que te enrejó. Pensé que jamás lo haría, pero ahí estaba, paradita sobre mis pies con la mirada fija hacia la ventana.
No entiendo como aquel niño de 9 años pudo señalarte como el culpable de semejante acto. El chico Sólo recordaba unas patillas y un bigote. Sigo convencida que la policía lo influenció a la hora de elegir tu foto.
En una caja guardé todos los recortes de los periódicos. Los titulares todavía me enfurecen, “La bestia violadora”, “Abusador de menores, finalmente preso”, “Condena perpetua para pederasta”. Incluso llegaron a inventar cosas sobre tu pasado y el de nosotros. 
Ahora no es momento de abrir heridas viejas. Pero esta lamentable desgracia se cobró la vida de tu padre. Pobre hombre, no pudo con tanta humillación, y ojo que no lo culpo por la decisión que tomó.
Te pido disculpas si no te visité tan seguido. Me hacía muy mal estar en ese lugar y verte rodeado de desperdicio humano. 
Janie me contó que sueñas con comer pavo frito y tomar Dr Pepper. Imagino que cambiarás el coche viejo por una moto y recorrerás el país o visitarás a tus parientes en Baltimore.
Es bueno saber que no morirás en una celda de dos metros. Te pido perdón si en algún momento te fallé como madre. Quiero que sepas que ya no me importa lo que pasó ese día de Agosto de 1974. Todos cumplimos nuestra condena. Ojalá que mi alma descanse en paz, no quiero volver a sufrir otros 35 años de Angustiosa Espera Gris en el más allá.
Cariños de tu madre,
Sarah Bain




Propuesta 6: La propuesta que os hacemos en este caso quiere plantearos una única premisa: construir un relato en donde un animal se convierta en hombre y no viceversa.

La Historia de Huli Jing
Quiero contar lo que me pasó hace cientos de años. Esto es un testimonio real, la historia de mi transformación.
Mi nombre es Huli Jing, y al igual que mis antepasados he vivido en China. En esta parte del mundo, los zorros siempre fuimos considerados seres especiales. La raza humana nos ha gratificado con ofrendas durante siglos. Un poco por respeto y otro poco por superstición.
Pu Songling, un letrado de la Dinastía Qing, fue un gran admirador de nuestra raza. Si no lo crees, te invito a que leas su reconocida obra Liao Zhai Zhi, la cual contiene 431 cuentos. En casi todos ellos nosotros somos protagonistas. 
Ahora que menciono a Pu Songling, un cuento en particular me viene a la memoria. Será porque me pasó algo similar. Empiezo por la introducción. 
En el año 1770 yo era un pequeño cachorro. Mi madre me parió junto con varios hermanos. Al nacer, el único interés en la vida era acostarme al calor de las ubres maternas y descansar. Poco a poco, esto fue cambiando. Tomé más conciencia del extenso mundo que me rodeaba y de las grandes curiosidades que lo habitaban. Porque en el desierto de Mongolia hay varias cosas por descubrir. 
Y como no está en nuestra naturaleza movernos en manadas, me desplazaba libremente por donde se me antojaba y al final del día, no rendía cuentas a nadie. Era un solitario zorro que exploraba, cazaba roedores y construía cuevas.
De mi madre no tengo grandes recuerdos. Era una zorra protectora y guapa. Por suerte, siempre fomentó mi espíritu curioso y motivó mis incursiones por el desierto de Gobi. Sin embargo, nos prevenía constantemente de un maligno enemigo: “Debes ser muy precavido con los humanos. Ellos son crueles con nuestra especie y puedes terminar mal”.
Claro que nunca le desobedecí, ya que jamás me había topado con un ser humano, ni sabía qué aspecto tenían. 
Una mañana como cualquier otra, salí a explorar entre las mesetas de esa aridez blanca. Ni el viento salvaje ni las bajas temperaturas amenazaron mi expedición.  
Era tarde cuando decidí buscar una madriguera y descansar. Sabía que bajo las inclemencias externas un cobijo sería lo más sensato.
Ese fue el día que mi vida cambió. Me encontraba yo escarbando el hielo cuando mis orejas escucharon un sonido diferente. Luego un olor raro penetró por mi hocico. 
Tan sólo a unos metros de distancia divisaba una luz movediza, acompañada por una nube gris. Hipnotizado por aquel brillo avancé hasta encontrarme con una manada que se desplazaba con dos extremidades y emitía sonidos graciosos. 
De repente, una hermosa criatura de la especie bípeda me sorprendió por detrás. Su estatura era más reducida con respecto a los demás. Paralizado por el miedo, permanecí allí como si de un fósil se tratara. 
La criatura extendió sus brazos. Uno de ellos, sostenía un topo entrado en carnes. Decidí avanzar con mucha cautela, hasta olfatear esa bola de pelos muerta. Fue allí cuando noté que aquel ser viviente intentó tocar mi hermosa piel. Por suerte mis instintos reaccionaron a tiempo y salí disparado. 
Sin embargo el individuo seguía allí, con la mirada puesta en mí. Me acerqué por segunda vez y permití el contacto buscado. Admito que me sentí bien. Esas garras cálidas acariciaban mi lomo.
Este fue el día que desencadenó los hechos posteriores. Luego comprendí que aquellas eran las criaturas sobre las que mi madre siempre me advirtió ¡Cómo iba a saberlo!
Con el pasar del tiempo, mis visitas fueron más asiduas. Ese niño, ahora adulto se llamaba Zhou Xin. Todos los días me esperaba con una presa y un cazo de leche. Qué bien me sentía cerca de él, su dulzura me cautivó. 
Esa inicial atracción fue creciendo día a día hasta transformarse en obsesión. Deseaba que Zhou Xin fuera mío. Lo deseaba con todos los sentidos. Creo que él también me correspondía con sus atenciones.
Por las mañanas lo acompañaba a trabajar la tierra ó cazar una presa. Yo era el testigo mudo de sus acciones.  
Al anochecer, volvíamos extenuados a su gran madriguera. Y allí estaba aquella criatura odiosa dispuesta a recibirlo y reconfortarlo. Qué cosa más rara me provocaba su presencia. Un sentimiento nunca antes experimentado afloraba con mayor intensidad. No podía ni verla ya que quería alejarme de mi amado.
Eran unas sensaciones intensas que me sumían en el caos. No era humano, pero tampoco me consideraba un zorro.
Esos fueron unos meses duros ya que mi corazón estaba cautivo. Finalmente comprendí que el mayor deseo era convertirme en humano.
La transformación no fue nada del otro mundo. Sólo tenía que beber una gota de sangre humana y fue eso lo que hice. Se imaginarán de quien bebí la gota. 
A continuación, se produjo la mutación. Ni siquiera recuerdo el orden. Mi cuerpo perdió el pelo y su color escarlata, las orejas al igual que el hocico se redujeron. Lo que más eché de menos, fueron mis garras pero luego noté que ya no necesitaría escarbar ó escalar para sobrevivir.

Mi cuerpo adquirió la figura de una hermosa joven. Creo que era hermosa porque al llegar me robé las miradas obnubiladas de los machos. Afortunadamente no hicieron preguntas sobre mis orígenes, aunque imagino que varios habrán inventado cuentos, sobre todo esas hembras envidiosas que hacían visible su desaprobación cada vez que me acercaba a ellas.
Al final opté por ignorarlas y poner mis esfuerzos en conquistar a Zhou Xin, mi querido príncipe de la manada. Buscaba su presencia cada vez que regresaba de sus excursiones. En mi posición de hembra humana, noté que no podía abandonar la aldea.
Muchas veces ayudaba con la preparación de los alimentos y luego me aseguraba de ser yo la que entregaba la comida en sus manos. 
Siempre buscaba su mirada para captar un mínimo de esperanza. La incertidumbre me estaba matando. 
Un buen día decidí enfrentarlo. Busqué el momento oportuno y tomé su mano cálida que con anterioridad acarició mi lomo. 
Noté un pequeño sobresalto, lo cual me inhibió al principio, pero igualmente se lo dije. Le declaré mi amor profundo, le conté sobre mi vida anterior como zorro y las ganas que tenía de compartir mi vida con él.
Zhou Xin me miró perplejo, sin decir palabra a lo largo de mi discurso. Una vez que concluí, respiró hondo y con gran dolor me admitió sentirse traicionado ó desilusionado.  También me dejó muy claro que él no quería nada conmigo, y que echaba en falta a su amigo salvaje, el zorro.

Propuesta 7: El tono y la atmósfera. Vemos a P, un personaje protagonista, que se dirige a visitar a E al hospital, donde éste está internado (o internada, claro) por el motivo que prefiráis. Por el camino, P va pensando en E. Llega P al hospital y efectúa la visita. Posteriormente, el desenlace de la enfermedad de E es el desenlace de la historia.
Pedro caminaba ensimismado. El ruido de la calle parecía no sacarlo de sus pensamientos. Era la cuarta vez en la semana que realizaba ese mismo recorrido. Se preguntaba qué querría ahora aquella vieja. Sabía que su existencia pendía de un hilo cada vez más fino. Pero ese hilo nunca se cortaba. 
-¡Hola Pedro! Eres la persona que más vino a visitarme últimamente. Deberías sentirte halagado por ello.- exclamó la mujer con entusiasmo.
En pocos instantes ingresaría en la habitación 326 del hospital Privado de Bellevue. Allí se encontraría con la señora Dolores y sus caprichosas modificaciones de último momento.  El joven albacea saludó como de costumbre, se sentó frente a la cama y luego sacó un bolígrafo y el bloc de notas de su portafolio. En la cabecera escribió “Octava modificación del testamento”.  
Pedro sonrió sin quererlo. Jamás perdería las buenas formas, y menos con un cliente tan importante. Lo cierto es que aquella anciana agonizante no le despertaba ninguna simpatía.
-Te cité con urgencia porque ya sabes que mis pulmones funcionan cada vez peor...- Al terminar la frase esperó un momento para respirar más aire y continuó - ...ayer tuve una pesadilla de esas que no te puedes olvidar-.
Una enfermera acomodó las almohadas que mantenían su frágil figura recta. Antes de hablar la testadora acarició el collar de perlas. Pedro había escuchado con anterioridad la historia de cómo su tercer y último marido la sorprendió con ese regalo. 
Pedro se esforzaba por seguir demostrando interés. Ahora le correspondía a él preguntar sobre los detalles de esa horrible pesadilla. Pero la nonagenaria se adelantó a su pregunta. 
- Me encontraba yo en mi casa de Briar cliff Manor, hablando por teléfono con mi amigo Oscar. La charla era lenta pero entretenida. Como no lográbamos cortar, decidí caminar hasta el baño para dejar correr el agua de la bañera.-
-Por qué diablos se detiene en esos detalles irrelevantes. Qué me importa a mi que su amigo Oscar sea un charlatán divertido.- pensó Pedro.
La tos flemática de la mujer interrumpió su diálogo interno. 
-Nuestra conversación se prolongó como media hora y al final decidí cortar y tomar mi baño relajante con el agua aún caliente.- 
Las digresiones constantes impacientaban al albacea que se quejaba: 
-Por fin llegamos a la bañera. Y ahora cómo continuará este disparate.-
Dolores siguió con el impulso que le dio un escalofrío. 
-Al llegar al baño y meterme en ese estanque de paz, detecto un asqueroso olor que emana de allí. Una pena que no te pueda decir a qué se asemejaba ese hediondo estupor.- 
-La cosa es que espantada por la situación, decido salir.- Dolores quiso agregar su cuota de suspenso  a la siguiente frase, pero una puntada fuerte en las costillas se lo impidió. -En el momento en que salgo una figura corpulenta se encuentra de pie, a la derecha de la bañera. No logro reconocer a la persona, ni tampoco entiendo qué hace allí parada.-
-Menos mal que no me lo puedes decir. A ver si llegas al grano de la cuestión.- ironizaba el hombre.
-Al verlo allí inmóvil, le estiro mis brazos para que me ayude a salir. El hombre agarra mis manos y con un fuerte empujón me hunde en el agua. Yo peleo por salir y me es imposible escapar de sus garras.- 
-Seguramente no está allí para apreciar un esqueleto arrugado- satirizaba Pedro en silencio. 
En ese momento entra la enfermera para cambiar el suero que nutre sus venas. La inapetente mujer desea terminar con su sueño:
-Cada vez me es más difícil respirar. Poco a poco dejo de luchar y por lo tanto los brazos asesinos dejan de insistir. De repente, puedo ver aquel rostro.- Los ojos bien abiertos de Dolores despiertan cierta intriga en el partidor.
-¿Sabes quién era el asesino? Pedro niega con la cabeza. -El asesino era Antonio. Te das cuenta, mi propio hijo.- 
-Quién será el matón de ancianas-, se pregunta.
Una mueca nerviosa se apodera de Pedro: 
-Pedro ¿Tu crees en los sueños? Yo nunca fui muy receptiva de las representaciones fantásticas. Sin embargo, con la edad uno simpatiza más con todo.-  
-Porqué Antonio es el villano de sus sueños ¿Sospechará algo esta arrogante estirada?-
El joven intenta adivinar hacia dónde quiere llegar la mujer. Por primera vez se siente molesto: 
-Este sueño fue un presagio de que algo malo va a suceder.-
-Qué estará tramando esta vieja ¿Tendrá alguna relación con Antonio?- reflexiona inseguro. La longeva continua:
La inquietud empieza a invadir los ánimos del profesional:
-Yo creo que Antonio está tramando algo con mi testamento.-
-Dime cuál es ese presagio y qué tiene que ver con mi aparición en el dia de hoy. Este jueguito me está cansando.- Dolores reanuda su interpretación: 
Pedro se desabrocha el primer botón. Las manos sudorosas, firmes contra los brazos del sillón: 
-¿Cómo me explicas todos estos años de soledad, con mis ocho perros y un buen día, cuando ingreso en el hospital, el hijo pródigo regresa? Eso sí que ni los perros se lo creen...-  y luego prosigue -Si supieras el trato odioso que tenía conmigo... se cree que nunca me di cuenta de las joyas que me robó, y de los cuadros que descolgó de la sala.
-Por Dios, que no siga, por dios que no siga.- Y ella sigue:
Pedro está por expresar un comentario, pero Dolores no le da cabida:
-Te cité porque quiero cambiar al beneficiario de mi fortuna. Creo que Antonio ya tuvo suficiente a lo largo de mi vida. Tengo ganas de repartir mis bienes entre la instituciones para las que siempre colaboré, sobre todo, la del el hogar para ciegos.-
Pedro asiente y anota en su bloc con el semblante severo. Una vez finalizada la conversación sobre los últimos deseos de Dolores, el abogado se pone de pie y avanza hacia la cama. Las manos le tiemblan y la arrugas de su frente desaparecen por la tensión. Luego coge la almohada que mantiene a la mujer erguida y la pone delante su cara. Presiona con fuerza y con rabia. Sólo Cuando el cuerpo decrépito se paraliza, deja de presionar. Luego se dirige a la puerta, corre el cerrojo y antes de abandonar el cuarto, abre la boca: 
-Por fin Dolores, ya no hablarás más. Qué tus sueños te acompañen.-
Ahora se aleja del hospital y camina ensimismado. El ruido de su conciencia es lo que ocupa sus pensamientos. Será la cuarta vez en la semana que realizará ese mismo recorrido. Se preguntará qué dirá Antonio cuando le cuente los efectos de un mal sueño. 

Propuesta 10: Fuera del tiempo. En esta ocasión la propuesta será escribir un relato, un texto, en que se ceda la palabra a los muertos, en la que estos convivan, si queréis, con los vivos, pero no necesariamente. Hoy se trata de dar voz a los muertos, de que tengan derecho a hacerse oír desde sus ataúdes, desde sus urnas. Los muertos reclaman la palabra.
Mario García no era un hombre como todos los demás. Tenía facciones rígidas y mechones blancos que desentonaban con su juvenil modo de actuar.     
Nos conocimos por culpa del destino. Yo me encontraba deambulando por el barrio del Recuerdo y allí lo vi, parado en la esquina de la tienda de videojuegos. Llevaba una sudadera gris con capucha. 
Se acercó a preguntarme cómo llegar a la calle del Presente. Su cara de desorientado me hizo mucha gracia. Por supuesto que lo acompañé algunas cuadras y acto seguido, entablamos conversación. Poco a poco, fui dejando atrás las calles y esquinas de mi dominio. A lo largo del paseo, recibí algunas pinceladas de su vida. Era una conversación espontánea, entablada por dos extraños. 
Supe que su gato se llamaba Wendy, que su familia era sobre protectora y que su mayor temor era crecer.  
Al pasar por un portal Mario frenó y me invitó a subir. Me tranquilizó ver a un anciano que justo entraba al edificio y lo saludó cariñosamente. Supuse que tendría algún vínculo con aquel lugar. 
Ascendimos por la escalera hasta el cuarto piso. Entramos por un pasillo largo y desembocamos en el salón principal de la casa. Los ventanales largos de ese departamento remodelado teñían el ambiente con una luz especial.  
En la mesa rectangular de la izquierda se exponían los retratos familiares. Una mujer joven y redonda, con la misma sonrisa sutil que Mario. Un padre de cejas voluminosas que contrastaban con los descoloridos ojos. Una hermana y hermano con las mismas complexiones faciales que su progenitora. En el centro, se destacaba un joven atractivo, de mirada profunda. Definitivamente era Mario.
Antes de continuar con el recorrido, me insistió que caminara con cautela. Pobre Mario no sabía que lo nuestro era pura cautela. Igualmente asentí.   
Cuando apareció una silueta femenina, nos escondimos detrás de un sofá. La figura se acercó a los ventanales y extendió los brazos vencidos para cerrar las cortinas. Unos rayos que todavía se colaban por entre medio marcaban en detalle su rostro maduro.
Mario se sorprendió al notar el contraste que esa mujer marcaba con aquella que se encontraba en la foto de la mesa. Ni la sutil sonrisa asomaba por su boca desgastada. 
Permanecimos escondidos unos minutos. Cuando la mujer abandonó el salón, corrimos en puntas de pie hacia las habitaciones. 
La primera de la derecha era la de María, la hermana menor. Todo allí adentro parecía embalsamado en el tiempo. Ni los pósters de Bon Jovi ni el teléfono en forma de sandwich fueron removidos. Luego recordé la foto de María vestida con traje de novia.
La segunda habitación estaba al lado. La calavera de la puerta me hizo suponer que allí dormía Mario y su hermano Jorge. Al igual que la habitación de María, todo allí era anticuado. Mario giró la cabeza de una extremo al otro y la congeló frente a la estantería de su derecha. Agarró el reloj de Mickey Mouse e intuyó que los bracitos se habían parado hace mucho tiempo.
En la tercera y última habitación, estaba la cama matrimonial y un cuerpo caliente recostado con un libro abierto. La mano izquierda era una prótesis que mantenía fija la lectura. Con la derecha, cambiaba de página. Mario reconoció esas cejas abundantes, ahora blancas y se emocionó. Lo observó un buen rato.
Dudó en acercarse para besar su mejilla pero yo lo animé a hacerlo porque Mario  era una sombra. 
Un instante después salimos de su casa. Volvimos al barrio del Recuerdo y nos despedimos sin agasajos.  
Cuando desapareció, supe que no lo volvería a ver. Mario había crecido y su familia lo había desterrado de Nunca Jamás.  

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